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Guillermo Ranea en Perfil

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El profesor del Departamento de Historia opinó sobre el legado de Alexander Von Humboldt

Por Guillermo Ranea

Pocos casos similares se encuentran en la historia del pensamiento científico de una relación tan estrecha entre el pensador y su contexto. Ello se debe sin duda a que él mismo consideraba su vida y su obra como parte de una realidad que les daba sentido pero que a la vez se enriquecía con ellas. No resulta exagerado ni excesivamente simplificador señalar como concepto esencial de su ideario la noción de conexión, de relación.

Nacido y muerto en Berlín, las motivaciones iniciales de su actividad científica surgieron en otras dos ciudades, Jena y París. La primera le dio el contacto estrecho y amistoso con Johann Wolfgang Goethe. La segunda, centro mundial durante la juventud de Humboldt de la popularización y enseñanza de la ciencia, lo apartó de todo espíritu utilitario en la búsqueda del conocimiento.

De la combinación de estas dos vinculaciones nació el espíritu literario con el que Alexander von Humboldt presentó los resultados de sus investigaciones basadas en estrictas y precisas observaciones y mediciones.

Alexander von Humboldt, como ningún otro en su tiempo, puso esas dos herramientas al servicio de la ampliación de la visión de objetos y acontecimientos naturales, pero no en sentido metafórico sino real. Humboldt concibió al trabajo científico como tarea de campo.

Sin sus viajes a América y a Rusia, para sólo mencionar los más extensos, es poco probable que hubiera podido legarnos sus profundas y adelantadas concepciones de la estrecha relación entre los seres vivientes y su hábitat.
La “geografía comparada”, como él la llama en el primer tomo de su monumental Cosmos, tiene como hilo conductor la conexión de la historia de la tierra con la historia de la humanidad y de las civilizaciones.

En este punto Alexander von Humboldt trasciende los límites de su tiempo y encuentra en nuestros días oídos más atentos. La historia natural de rocas, plantas y animales, de ríos y volcanes no se disgrega en otras tantas especialidades estancas. Fiel al espíritu que insuflara un siglo antes G.W. Leibniz en el pensamiento filosófico, Humboldt busca la unidad en la diversidad, en la variedad.

Dentro de este contexto, su sensibilidad científica y emotiva lo llevó a advertir la responsabilidad del accionar de la humanidad sobre las transformaciones riesgosas que sufre la tierra. Sin duda, no eran estos temas acuciantes en su tiempo, y para muchos de sus lectores formaban parte de una brillante narración acerca de tierras alejadas de Europa.

Sus observaciones y advertencias sobre el llamado cambio climático, sin embargo, le dan a Humboldt en el presente una talla aún mayor que la que sus contemporáneos conocieron.

La idea madre de conexión, de relación, que orienta su vida y su visión de la naturaleza y de la humanidad, también incluía para Alexander von Humboldt la colaboración entre científicos. Ayudó y estimuló a muchos colegas más jóvenes, aun cuando, como en el caso del matemático Carl Friedrich Gauss, se dedicaban a ciencias que no eran de su interés principal. La colaboración internacional era para Humboldt imprescindible para que la diversidad de opiniones impidiera al fácil dogmatismo de los necios. Esta idea de una “conspiración de naciones” para el estudio de la meteorología, la geografía, el magnetismo terrestre, entre otros temas, ha encontrado en nuestros días su realización en una fundación que muy apropiadamente lleva su nombre, la Alexander von Humboldt-Stiftung, y que, desde su centro en Bonn, coordina y apoya, sin imponer ningún punto de vista privilegiado, una red de científicos de todo el planeta. La realización institucional del ideal humboldtiano de la unidad en la diversidad