Di Tella en los medios
Clarín
8/01/17

Cabo Polonio y las noctilucas

Por Andrés Rieznik

El investigador del Laboratorio de Neurociencias de la UTDT recrea algunas historias mágicas e inexplicables que vivió años atrás en Cabo Polonio, Uruguay

Habiendo amado la ciencia desde que tengo memoria, siendo un escéptico formado y un ateo irreductible, hay, sin embargo, un lugar que me puede, que parece desafiar todas las reglas de la lógica, todo lo que sabemos sobre nuestra relación con el cosmos y nuestra naturaleza como humanos. Mi conciencia parece evanecerse allí.

Es Cabo Polonio, en Rocha, Uruguay. Mucho antes de que fuera asociado al vacacionar de hippies con prepaga, empecé a pasar mis veranos allí. La primera vez fue hace 25 años, con mi hermana Marina. Nos fuimos, adolescentes, a pasar unas vacaciones inolvidables.

Es un cabo rodeado de mar, pero con una particularidad que lo hace único en el continente: tiene dirección norte-sur. Se puede ver tanto la salida del sol, por el este, como su puesta por el oeste, sobre el mar, de uno u otro lado del Cabo. Ya eso alcanzaría para entender su magia.

Pero hay más. En 2011 había terminado de leer el libro La isla de los ciegos al color de Oliver Sacks, donde se relata el caso de personas que nacieron ciegas de un ojo. Aunque de grandes, por una cura o cirugía, empiecen a ver con ambos ojos, difícilmente consigan ver en tres dimensiones. No tienen visión estereoscópica.

Es cierto que en dos dimensiones se pueden tener fuertes sensaciones de tridimensionalidad, gracias a los trucos que pintores y dibujantes usan desde tiempos inmemoriales, pero nada se parece a la sensación que nos ofrecen los anteojos 3D en el cine.

Hoy, distintas técnicas cognitivas permiten que estas personas puedan ver en 3D, al menos en parte. En el libro de Sacks se relata la enorme belleza que perciben estos adultos que tienen sus primeras experiencias tridimensionales.
Ver la lluvia en 3D es una experiencia maravillosa, nos recuerdan. Pueden pasar horas viendo las gotas caer, asombrados, perplejos. Y Sacks cuenta la escena que me había quedado guardada en el corazón: meterse al mar de noche y ver noctilucas flotando en tres dimensiones, como un éxtasis espiritual.

¿Qué son las noctilucas? Algas diminutas y unicelulares, fluorescentes, que brillan en el mar y están desparramadas en la playa. En Cabo Polonio, a veces, en condiciones adecuadas, florecen las noctilucas.

Las vi por primera vez en 2011: el brillo de la espuma de las olas se veía en la noche oscura como lámparas de neón efímeras que se formaban, deformaban y desaparecían en una danza continua.

Me acerqué a la playa, en medio de la oscuridad del cielo (no hay luz eléctrica en el Cabo) y me sentí en otro planeta. Moví la arena, que comenzó a brillar fuertemente durante unos segundos, para luego apagarse. Creo que lloré; no sabía que se podía llorar de tanta belleza. Pero hay más.

Sabemos que existe la puesta del sol. Pero pocos que existe, igualmente bella, la puesta de la luna. Yo lo descubrí en el Cabo, una noche de luna llena. Contemplé ese atardecer lunar en medio de la oscuridad total. A varias personas les comenté mi descubrimiento: ¡la puesta de la luna es tan increíble como la del sol! No se sorprendieron, ya lo sabían. Y todos lo habíamos descubierto en Cabo Polonio.

Tengo 40 años y viví la mitad de mi vida en Brasil. En el Cabo, a la noche, suena la música que me representa.
Los grandes del rock nacional, pero también los brasileños más copados. Y, claro, los uruguayos y su música maravillosa. Cuando digo que están, realmente están: un día se puso a cantar al lado mío un pibe que me fascinó. Después descubrí que era Martín Buscaglia, uno de los grandes de la nueva generación.

Es otra entre muchas historias mágicas e inexplicables que viví en el Cabo. Allí nos vemos y seguimos.

Andrés Rieznik es doctor en Física e investigador del CONICET y del Laboratorio de Neurociencias de la Universidad Torcuato Di Tella.